El 23 de febrero de 1835, a los pocos días de ascendido a general de brigada por el presidente Orbegoso, se sublevó en el Callao don Felipe Santiago Salaverry contra el gobernador constitucional. Tuvo éste la de­bilidad de mantenerse en el poder con el auxilio de fuerzas bolivianas, error político que vino a convenir en causa nacional la del faccioso rebel­de, simpático joven de veintiocho años, ardoroso y valiente.

Forzado Salaverry a emprender campaña sobre Arequipa dejó en Lima, con el carácter de prefecto, invistiéndolo con algunas facultades inherentes al primer mandatario de la República, al coronel don José Ángel Bujanda, natural del Cuzco.

Para conservar el orden en la capital sólo disponía Bujanda de cua­renta soldados de caballería y de poco menos de cien infantes, a quienes estaba encomendado el servicio de policía en la ciudad, amagada por bandas de montoneros capitaneados por algún facineroso, las que mante­nían en perpetua alarma al vecindario de los arrabales, haciendo disparos al aire, y al grito de ¡Viva Orbegoso!

Una mañana había salido Bujanda con los cuarenta jinetes a batir una montonera que merodeaba entre Surco y Miraflores, cuando a las doce del día se presentó en Malambo el famoso negro León Escobar, capitán de una cuadrilla de treinta bandidos los que a todo galope avanza­ron desde San Lorenzo hasta la puerta de Palacio, en que la guardia cons­taba sólo de un teniente, un sargento y seis soldados, que no opusieron la más leve resistencia. Se constituyó León en el Salón de Palacio, estacionándose la montonera frente al atrio de la catedral y vitoreando estruendosamente a Orbegoso.

El pánico cundió en la ciudad, y todas las puertas se cerraron con llave y cerrojo.
Tres de los ediles que accidentalmente se encontraban en la Casa Mu­nicipal, tuvieron el valor cívico de encaminarse a Palacio para solicitar del jefe de la montonera el que no consintiese que ésta cometiera extorsiones.

El negro Escobar, arrellanado en el sillón Presidencial les brindó asiento en la que fue sala de ceremonias en tiempo de virreyes y los trato con toda cortesía, prometiéndoles que no autorizaría el menor desmán, siempre que la municipalidad, se aviniese a pagar un cupo de cinco mil pesos... en término de dos horas, dinero que necesitaba para atender a las exigencias y manutención de su gente. La conferencia o discusión duró poco más de media hora, aviniéndose al fin los concejales a pagar la mitad del cupo antes de las tres de la tarde, compromiso que se apresura­ron a cumplir.

Conocí y traté, allá en mi mocedad, a uno de los ediles, quien me aseguraba que el retinto negro, en sillón Presidencial, se había comporta­do con igual o mayor cultura que los presidentes de piel blanca.

Poco después de las tres de la tarde y dando entusiastas vivas a su caudillo, abandonó la montonera nuestra capital, siguiendo la misma ruta de su entrada.

Bujanda, como los carabineros de la opereta, llegó "trop tard" de regreso de su excursión por Chorrillos y Miraflores, excursión en la que no quemó pólvora.

Publicado por fuente de ayuda navegador web viernes, 31 de octubre de 2008

Subscribe here